Vivo mi sueño. Historias cotidianas desde la psiquiatría: LA VALENTÍA DE CRECER CON HERIDAS

Hace poco vi a uno de mis pacientes más jóvenes, un chico adolescente con cierto grado de discapacidad intelectual. Tengo años viéndole. En los últimos años ha estado estable; han mejorado sus problemas conductuales y ha superado muchos retos educativos.

Vive en una comunidad vulnerable junto a una madre amorosa y preocupada.

Me llamó la atención verlo “ya grande”, cuánto ha crecido. Me cuenta con orgullo que está aprendiendo un oficio: lo han tomado como aprendiz en una barbería. El dueño es un “señor serio”, amigo de su familia.

Pero también usa el espacio para contarme, espontáneamente, como en cada consulta, su tristeza ante el rechazo que enfrenta de parte de su papá.

Un padre ausente. No vive con él, promete cosas que no cumple y pareciera que cada interacción va seguida de una decepción.

Llora contando estas cosas. Me transmite vívidamente su dolor.

Al final nos quedamos con lo orgullosos que nos sentimos todos de sus progresos y, como siempre, con la idea de que tendrá permiso para la tristeza y la decepción, pero aprendiendo a aceptar que no es su culpa. Que los adultos a veces se comportan mal y eso no tiene que ver contigo. Que él siempre tendrá oportunidad de ser y hacer el bien, pese al dolor.

Estas experiencias me dejan el corazón lleno, porque no es una historia de idílico reencuentro y sanación, pero sí de lo que pasa todos los días: el “valle de lágrimas” que se vive y se sobrevive; no como única realidad, sino como parte de la vida. Algo que nos duele, pero nos enseña; que no necesariamente atormenta, sino que logra integrarse.

Ojalá todos podamos experimentar la vida así.

Vivo mi sueño, porque a veces toca acompañar la alegría y el dolor por igual, y eso es hermoso.